jueves, julio 02, 2015

Mentalidad, ergo país, tercermundista con tiendas de Zara


Éste, mi país, me preocupa y lo hace hasta quitarme el sueño noche tras noche. Me preocupa porque es el mío, porque en él vive la gente que quiero y porque en él se están criando mis hijos (¡ojo! ¡que los tuyos también!). Y el motivo de esa preocupación es la mentalidad tercermundista de muchos de sus habitantes, porque el adjetivo tercermundista no acompaña solo a las economías sino que, con efectos más devastadores, se aplica también a la psique de sus ciudadanos.
Hoy hablo de esa mentalidad tercermundista porque en menos de una semana he vivido tres casos muy elocuentes de cómo el hacer dinero de cualquier manera y a costa de cualquiera prevalece al sentido común de una persona civilizada. Para más vergüenza, estos tres casos han sido a costa de los más indefensos, niños y jóvenes.

  • Sin que el orden importe, empezaré por aquella empresa cuyo único objetivo es obtener la máxima rentabilidad de un albergue. La manera es poner a cargo de todas las tareas del albergue a un conjunto de jóvenes, de unos 20 años, que igual limpian, que hacen la comida o que de monitores, eso sí, en turnos de 24 horas varios días seguidos. Con salarios bajos, mano de obra manifiestamente inferior a la necesaria (de todos es bien sabido que los jóvenes son fuertes y pueden trabajar por tres) y rápida rotación (muchos no aguantan más que un par de semanas a ese ritmo) queda claro que se puede sacar beneficio hasta de la nada y ¿qué podría salir mal?.
  • Otro de los casos, vivido en ese mismo albergue, es el de las empresas de campamentos de verano para colegios que son capaces de llevar a 61 niños de primaria a cargo de un solo monitor, eso sí, joven, con todas las ganas del mundo y ambicioso por ganarse tres perras sin ser consciente de lo que su puesto implica. Los dueños de la empresa han de estar frotándose las manos: monitores como éste generan gran rentabilidad (¡Estamos muy contentos! ¡Contamos contigo para el año que viene!) y ¿qué podría salir mal?.
  • El tercero ocurrió ayer mismo en el colegio del campamento urbano al que van mis hijos. Una contrata que llega a un acuerdo con el ayuntamiento para hacerse cargo de los campamentos a cambio de un dinero mínimo, que posiblemente en un país civilizado difícilmente podría cubrir gastos, quiere sacar beneficios de donde no los hay. El sistema se vuelve a repetir: monitores muy jóvenes (¿tendrán la edad y la formación requerida?), los justos para incumplir los ratios por alumno sin hacerlo descaradamente y un solo coordinador para varios centros, que no tiene información ninguna de las necesidades (alimenticias) de los chavales ni de los teléfonos de los padres. La situación es tan extrema que la empresa de catering se niega a llevar la comida porque no han llegado a ningún acuerdo económico el mismo día que han empezado los campamentos. Aquí sí salen las cosas mal y los niños se quedan sin comer hasta que sus padres les van a recoger a las 4 o 5 de la tarde. Nadie les ha avisado; no hay gente para dar explicaciones. ¿Habrá responsables?
Queridos conciudadanos, esta es la situación que vivimos a diario. El trabajador, joven o viejo, no quiere ir a trabajar porque se sabe explotado, y, en ocasiones, ocurren accidentes que en estos tres casos mencionados afectan a los más pequeños.

Tras dejar hoy a mis hijos de nuevo en el campamento me asaltaban cientos de preguntas. Para nada me tranquilizaba el hecho de que apenas dispusiera de información de la empresa, ni tan siquiera del programa de actividades. La solución empieza por la transparencia: ver la mierda es el mejor remedio para no pisarla. Y por favor, dejemos de ser tercermundistas, al menos con nuestros hijos.

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